• Alba Iglesias

El acoso escolar, una pandemia invisible

Actualizado: hace 3 días

El confinamiento y la no presencialidad de las clases han supuesto un respiro para algunas víctimas de acoso escolar. Para otras, en cambio, el tormento de ser objeto de toda vejación ha continuado por la red. Pero, ¿se conocen los tipos de acoso y los efectos que puede acarrear este problema que se suele percibir como “cosas de niños”? A lo largo del reportaje, se hace un recorrido por los factores que conforman el acoso, las posibles medidas para erradicarlo y las consideraciones legales que posee esta cuestión.


Autora: Alba Iglesias M

Según la RAE, el acoso es la opresión de forma insistente a alguien con molestias o requerimientos. Aplicado en centros de enseñanza, el acoso escolar, es dicho acoso ejercido de unos alumnos a otros con el fin de denigrarlo y vejarlo ante los demás. Esta cuestión no es una problemática reciente, ya en los años setenta, Heinemann y Olweus realizaron los primeros estudios sobre esta violencia entre iguales fueron realizados en los años setenta.

En los últimos datos oficiales procedentes del Ministerio de Educación, publicados en abril de 2019, se detectaron 5.557 posibles casos de acoso escolar en un periodo de un año (entre noviembre de 2017 y octubre de 2018). Esta cifra fue recogida a través del registro de llamadas realizadas al Teléfono contra el Acoso Escolar del Ministerio (900018018), una vez descartadas las erróneas y las de consultas generales. Puesto que, no existe un registro oficial a nivel nacional de los casos de acoso.

La cifra de llamadas ha disminuido con respecto al periodo del año anterior donde se computaron un total de 25.366 llamadas. El Ministerio atribuye este descenso al establecimiento de otros números de teléfonos por comunidades autónomas. Según los datos publicados del Ministerio, las posibles víctimas tienen mayoritariamente doce años (14%).


Los tipos de acoso son modelos estadísticos para saber cuál es la realidad y cómo se puede solucionar esta problemática. Sin embargo, en España, “el Observatorio de la Convivencia hace años que no se reúne”, señala Javier Pérez Aznar, psicólogo experto en acoso escolar y miembro de redes TEI.

El problema del acoso escolar radica en no percibirse y catalogarse como tal. El acoso más visible suele ser el físico, aunque, si atendemos a las clasificaciones identificadas por diversos autores, el acoso escolar podría darse, también, de manera verbal, psicológica, social, sexual y cibernética.

El acoso físico está conformado por golpes, patadas, empujones, robos, roturas de pertenencias, seguido de peleas y palizas. Manuel Gálvez cuenta que le faltó oxígeno al nacer y ese hecho le generó una enfermedad llamada diplejía espástica que le afecta a las piernas y declara: “mi equilibrio por aquella época era nulo y lo pasaba fatal cuando iba por el pasillo y me empujaban de un lado a otro entre diferentes personas”.

“Simplemente, no me dieron la oportunidad de ser yo misma, para ellos seguramente sería la niña inteligente que nunca rompería un plato y de la que se podían aprovechar”

Por otro lado, el acoso verbal engloba insultos, motes, humillaciones, faltas de respeto, menosprecios, divulgación de rumores falsos, chismes… Indica Gálvez que era una pesadilla escuchar a diario: “cojo”, “malito”, “subnormal”, “mira cómo anda”, etc. Narra que llegó un momento en el que no quería salir a la calle porque todas las miradas estaban puestas en él y lo odiaba.

Por su parte, el acoso psicológico comprende amenazas, desprecios, intimidación, chantaje, persecución, entre otros. María Montalvo, una veinteañera que sufrió acoso en la secundaria, cuenta que en su adolescencia se sentía invisible y no sabía cómo explicarle a su madre – a quien le preocupaba que no saliera con personas de su edad - que los que fingían ser sus amigos, solo se acercaban a ella cuando necesitaban que les hiciera la tarea. “Simplemente, no me dieron la oportunidad de ser yo misma, para ellos seguramente sería la niña inteligente que nunca rompería un plato y de la que se podían aprovechar”, apunta.


El acoso social se caracteriza por la exclusión, aislamiento de la víctima, bloqueo de sus relaciones con los demás, carga contra la imagen social de la víctima que produce que muchos otros niños se sumen al grupo de acoso de manera involuntaria percibiendo que el acosado merece el acoso que recibe, etc. Daniel Domínguez, narra que desde el primer momento fue el foco de su acosadora. “Si yo estaba hablando con alguien, ella venía y decía algo contra lo que yo estaba hablando. Otras veces, también decía uno por uno los nombres de todos mis compañeros menos el mío”. Añade que, en un pueblo pequeño, donde se conoce todo el mundo, el bloqueo social se intensifica más al haber solo un grupo de amigos: con lo cual si no encajas ya eres el “bicho raro”.

“Cuando esa persona llega a su casa y no dice que la llaman gorda, sino que dice que es gorda es cuando comienza a destruirse”, Javier Pérez Aznar

Por otro lado, el acoso sexual comprende insultos, comentarios obscenos, intimidación, abuso, entre otros. Finalmente, encontramos el cyberbullying, donde el acoso se traslada a las redes. Este tipo de acoso se encuentra en auge a raíz de la no presencialidad de las clases debido a la crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19.


La pregunta más frecuente que suele hacerse la víctima es: “¿por qué a mí?”. Pese a que algunos expertos y estudios determinan que las víctimas tienen en común la timidez y problemas a la hora de relacionarse, otros expertos como José Antonio Bueno Álvarez, Profesor Titular de Psicología de la Instrucción en la Universidad Complutense de Madrid, consideran que no necesariamente puede hablarse de un perfil: “basta que la persona entre dentro de unas categorías que el agresor percibe de una determinada manera, para que adquiera esa condición”. Pérez Aznar ejemplifica este posicionamiento con una anécdota: “una madre me contaba que a su hijo lo llamaban gordo, perdió quince kilos y después lo llamaban <marica>”.


Concuerda con esta postura Rosario del Rey, Profesora Titular en la Facultad de Psicología de la Universidad de Sevilla y responsable de proyectos de investigación de acoso escolar: “Cualquier persona se puede convertir en víctima. Hay un conjunto de factores de riesgo, pero no solo por parte de la víctima sino también del contexto”.


Pérez Aznar señala que en muchos estudios apuntan que una de las características comunes de los acosados es la autoestima baja, pero esa baja autoestima aparece cuando son víctimas, cuando te la roban los acosadores. El psicólogo incide en la importancia de repetirle al acosado que no ha elegido ser víctima – es el acosador quien lo elige - y señala que es esencial que la propia víctima cambie su mensaje sobre ella. “Cuando esa persona llega a su casa y no dice que la llaman gorda, sino que dice que es gorda es cuando comienza a destruirse”, apunta el psicólogo.


La figura del acosador va íntimamente ligada al grupo de iguales, por lo general. Tal y como indica Pérez Aznar: “el grupo de iguales lo es todo. Sin público no hay acoso”. Añade que el acosador no lo hace en privado, al no ser que tenga algún trastorno de personalidad. Javier Sánchez, un joven de diecinueve años que sufrió acoso escolar, nos explica que su acosadora en el instituto por las mañanas le hacía desprecios, pero por la tarde, a solas, en clases de inglés era una persona totalmente distinta.


Esa complicidad entre acosador y grupo de iguales, tal y como expone Bueno Álvarez, puede darse por acción u omisión (temor a caer en la condición de acosado, falta de empatía o ausencia de valores, entre otros). Pérez Aznar aclara que no hay que ir contra el acosador sino contra lo que hace y cambiarle la recompensa de sus actos.

“El grupo de iguales lo es todo. Sin público no hay acoso”, Javier Pérez Aznar

Este señala la necesidad de enseñar a los niños y adolescentes los “treinta comportamientos que hacen daño al compañero y si decides hacerlo sabes que lo estás haciendo” para que sean conscientes que no se trata de un juego.

Las motivaciones que llevan al acosador a maltratar a sus iguales son diversas: diversión, proyección de frustraciones, complejos e ira, prejuicios, envidia, problemas familiares y a la hora de gestionar sus propias emociones, sentimiento de superioridad moral o física, etc. Añade Pérez Aznar que el rasgo común de los acosadores es la baja autoestima: antes, durante y después del acoso.


Declara Rodrigo, un joven de veinte años que participó en un caso de bullying en sexto de primaria: “había un grupo dominante, al que todos le seguíamos como borregos, iba cambiado su grupo de víctimas. Yo estuve en la parte del grupo acosado y después pasé al grupo dominante”. Rodrigo afirma que en ese momento no era consciente de que estaba actuando mal.


Un testimonio similar nos relata Nuria, una joven de veinte años: “no marginé, pero sí dejé que los demás lo hicieran”. Continúa narrando que el miedo a ser apartada sacó su instinto de supervivencia y ahora se avergüenza de su comportamiento “insolidario y pasivo”.


El docente es una pieza clave en esta cuestión, ¿pero, es fácil para el profesor darse cuenta de un caso de acoso? Bueno Álvarez se muestra tajante e indica que si realmente el docente es un verdadero profesional de la educación sí lo hace, si solo se dedica a enseñar no. Pérez Aznar usa una frase de Javier Urra, defensor del menor de Madrid, para explicar esta cuestión: “detrás de cada niño acosado, hay un profesor que no hace lo que debe y no por ser malos docentes – que los hay también – sino por ignorancia”. A Pérez Aznar le resulta sorprendente que ni en psicología, ni pedagogía, ni educación se estudie el acoso escolar. José Luis Abraham López, profesor Educación Secundaria y Bachillerato del IES Diego de Siloé de Íllora (Granada) y coordinador del proyecto ¿Invisibles? declara que “educar en valores es probablemente el mayor reto al que se enfrenta cualquier profesor”.

“Que lo sufra él - profesor -, que se lo hagan a sus hijos, ya veríamos si se mantendrían al margen", Bueno Álvarez

Indica Rafael Bailón Ruiz, también, profesor Educación Secundaria y Bachillerato del IES Diego de Siloé de Íllora (Granada) y coordinador del proyecto ¿Invisibles? que el papel del docente debe ser activo y que se debe observar a los alumnos dentro y fuera del aula para evitar “ángulos muertos”. Añade que el profesor no debe olvidar que es un modelo para sus alumnos.

Eduardo García Jiménez, Catedrático de Metodología de Evaluación en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla, incide en la importancia de fomentar que el profesor registre los inicios de acoso.

Bueno Álvarez y Pérez Aznar concluyen con una aplicación a la realidad. El primero indica “que lo sufra él, que se lo hagan a sus hijos, ya veríamos si se mantendrían al margen. No procede mirar para otro lado o no hacer nada”. El segundo explica que él les dice a los docentes que piensan que los alumnos se hacen más fuertes con el acoso, que se imaginen que viene el inspector para pegarles collejas e insultarlos continuamente.

“Me obligaban a hacer ejercicio sin poder y era una de dos: o lo haces y te sientes humillado o te quedas mirando impotente, eso era lo peor de todo”

En definitiva, no es ético que el docente se mantenga al margen y tampoco debe caer en el error de pensar que una víctima, que está aislada por rechazo social, no tiene amigos y se mande al orientador para que haga cursos de habilidades sociales. Puesto que, con esa acción se está considerando culpable a la víctima.


El sistema educativo debe apoyar al equipo docente para lograr ser eficaces. ¿Debería ir más allá de la adquisición de conocimientos y abarcar la educación emocional? Todos los expertos entrevistados coinciden en la importancia de la inteligencia emocional en los centros educativos. Y es que, si sabemos gestionar nuestras emociones, estas nos acompañarán a lo largo de nuestra vida, nos sentiremos mejor con nosotros mismos y podremos proyectar ese bienestar con el exterior. García Jiménez matiza que sin el apoyo de las familias y de la sociedad, las actuaciones desarrolladas en las instituciones educativas destinadas a implantar tales modelos tienen un efecto limitado.

Pérez Aznar considera que el sistema educativo está basado en el fracaso: no aprobar, no entregar el trabajo a tiempo, etc. Relata Manuel Gálvez que las clases de Educación Física eran un infierno: “me obligaban a hacer ejercicio sin poder y era una de dos: o lo haces y te sientes humillado o te quedas mirando impotente, eso era lo peor de todo”.

El sistema de calificaciones basado en un simple número –donde se cuestiona el aprendizaje de los alumnos y deja poco margen para las actividades creativas -, ¿alienta el acoso escolar a raíz de la competitividad? Abraham López señala que no considera que una motivación competitiva avive el acoso.

“Ser un niño y que no te dejen sonreír” puede acarrear la consecuencia peor y más trágica - el suicidio -, Javier Pérez Aznar

Por su parte, Bailón expone que no es el principal motivo, pero pudiera ser un ingrediente más que sume como elemento discordante o negativo. García Jiménez se une a esta opinión y matiza que las calificaciones son una forma simplificada de ordenación de los estudiantes, que las convierten en un sencillo instrumento para establecer una diferencia y alcanzar un estatus.


La familia juega un papel fundamental en la configuración de la personalidad de los niños. Abraham López indica que es reduccionista afirmar que la escuela enseña y la familia educa, pero sí que es fundamental entender que la familia es el primer contacto que el adolescente debe tener sobre la educación y asentar sus bases que se complementa luego en los centros docentes, pero nunca debería entenderse en sentido inverso.


La Asociación Canaria No al Acoso Escolar (ACANAE) expone que cada año se han ido incrementando más los casos de padres que solicitan asesoramiento porque no saben cómo abordar la situación, ni si quiera conocen si se trata de un caso de acoso o no.

Bueno Álvarez indica que el papel de la familia debe ser activo. Por un lado, la familia del acosado debe reconocer los hechos, pedir perdón y cambiar la forma de relacionarse con el acosador en el seno familiar. Por otra parte, la familia de la víctima debe arroparla, comprender cómo se siente y ayudarle a reconstruir su autoestima.


Las consecuencias del acoso escolar son infinitas y de índole variada: depresión, fobia social, problemas alimenticios, ansiedad, fracaso escolar, sentimiento de culpabilidad, aislamiento, actitudes pasivas, autolesiones, etc. “Ser un niño y que no te dejen sonreír” puede acarrear la consecuencia peor y más trágica - el suicidio -, apunta Pérez Aznar.

“Se supera, pero sinceramente es algo que siempre deja huella en ti”

Otra de esas consecuencias es la conversión del acosado en acosador. Pérez señala que es “pura supervivencia” y que cuando eres víctima desarrollas estrategias para evitar el acoso: hacerse amigo de los acosadores, buscar otra víctima, hacer lo que los demás hacen, etc. Concuerda en ello Bueno Álvarez que expone que se trata de una respuesta a la situación sufrida. Otra consecuencia que acarrea el acoso es el cambio de centro por parte de la víctima. “Es muy triste. La víctima no debería ser la que cambia de centro”, declara Pérez.

Todos los expertos entrevistados coinciden en que el acoso no se olvida, pero sí se supera. Bueno Álvarez señala que este hecho depende de los apoyos que recibe la víctima y de cómo esta gestiona emocional y cognitivamente lo ocurrido. Se debe tener presente que, aunque se pueden extraer factores positivos del acoso sufrido, el maltrato no ayuda a quienes lo sufren y nadie debe pasar por situaciones tan duras durante la infancia ni la adolescencia. Porque si los niños y jóvenes no cuentan con apoyos adecuados pueden acabar destruidos. Declara Montalvo que: “se supera, pero sinceramente es algo que siempre deja huella en ti”.


El acoso escolar no es tema especialmente mediático. De igual manera cuando se trata no es común que se ofrezcan datos más allá de los sucesos, como son las consecuencias legales que acarrea o las posibles medidas para combatirlo.


Ana Mª Colás Escandón, doctora en Derecho, Profesora Titular de Derecho Civil y autora del libro Acoso y ciberacoso escolar: la doble responsabilidad civil y penal, expone que existen algunas normas dirigidas a disciplinar la convivencia escolar. Pero que “no hay una normativa concreta que nos indique ni qué es y cuándo podemos entender que se está cometiendo, ni mucho menos las consecuencias que tiene en nuestro ordenamiento jurídico”.

La implementación de medidas de prevención es vital para evitar daños mayores, es por ello que se debe trabajar en ellas: “más que campañas puntuales, sería interesante implementar programas permanentes de convivencia en los que la inteligencia emocional se trabajara desde las tutorías durante todo el curso académico, entendiendo que el bienestar propio y el de los grupos es una tarea común de trabajo y de compromiso", indica Abraham López.

Colás expone que sería necesaria la promulgación de una norma cuyo objeto sea la regulación de las consecuencias jurídicas del acoso escolar y recalca que la finalidad principal que deben perseguir las medidas que se adopten frente al acoso no deben ir dirigidas tanto a la sanción como a la reeducación.


Colás da gran importancia a la creación de Equipos Multidisciplinares y a las charlas impartidas por la Unidad de Participación Ciudadana de la Policía Nacional porque expone que los estudiantes descubren que a partir de los 14 años es imputable penalmente el acoso.


Ángel Custodio Andrades, subinspector de la Policía Nacional de la Comisaría Provincial de Cádiz, quien impartió charlas en centros educativos, expone que fueron varios los alumnos que, de forma privada, le hicieron llegar su situación de víctima o de observadores de un caso. Pero, recalca que nunca se le identificó un acosador.


García Jiménez expone que la primera y más elemental medida de prevención es aplicar los protocolos establecidos en las instituciones educativas. Añade que una posible solución está formada por distintas capas: la primera es social; la segunda familiar y la tercera personal. Bailón añade que una medida que suele funcionar es la cooperación codo con codo de los docentes con representantes del alumnado (infiltrados o alumnos de confianza en los grupos).


Pérez utiliza este paralelismo para reflejar el acoso escolar: “arrugamos una hoja de papel y la tiramos al suelo en Sevilla y en Suiza. En Sevilla, que hay infinidad de papeles en el suelo, dependerá de mi conciencia tirarlo o no. Pero, en Suiza, uno de los países más limpios del mundo, hacerlo trae consecuencias y depende de mi conciencia y de la colectiva”. Con ese paralelismo, el psicólogo insiste en la importancia de reaccionar al acoso como sociedad.


Abraham López señala que el acoso escolar es una responsabilidad compartida y que no es ético mantenerse al margen ni desde la postura del docente ni desde la falta de comunicación que pueda darse en el núcleo familiar.

"El acoso escolar es una responsabilidad compartida", José Luis Abraham López

La función de los integrantes del acoso escolar - y de toda la sociedad - es decisiva para erradicarlo; por ello se debe tomar consciencia de ello. Consciencia y medidas. Para no mantenerse al margen y contribuir al dolor de una víctima. Una víctima que no es culpable de vejaciones de manera continua, de abusos que no son “cosas de niños”. Abusos que dejan huellas en quienes los sufren: Manuel Gálvez, María Montalvo, Daniel Domínguez y Javier Sánchez son pseudónimos de víctimas que han aportado sus testimonios reales a este reportaje, pero que prefieren mantener su identidad en el anonimato porque aún están trabajando para superar el acoso sufrido a lo largo de la infancia y de adolescencia.


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